Día 7
Por Ignacio Corbalán 🇦🇷
El silencio de Dios no significa ausencia, sino un tiempo donde Él sigue obrando aunque no puedas verlo.
Después de la crucifixión de Jesús, todo parecía haber terminado. Un hombre llamado José de Arimatea pidió su cuerpo, lo bajó de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en una tumba nueva. Las mujeres que seguían a Jesús observaron atentamente dónde lo pusieron. No hubo confusión: Jesús realmente murió y fue sepultado.
Luego llegó el sábado, el día de reposo. Las mujeres prepararon especias para volver después y honrar su cuerpo, pero ese día descansaron, como indicaba la ley. Y ahí sucede algo fuerte: no pasa nada. No hay milagros, no hay ángeles, no hay palabras, no hay señales. Solo silencio.
Y ese silencio pesa.
Si somos sinceros, hay momentos en nuestra vida donde nos sentimos así. Oramos, leemos la Biblia, buscamos a Dios… pero parece que nada cambia. Sentimos que nuestras oraciones no tienen respuesta, que nuestros problemas son más grandes que nosotros y hasta empezamos a dudar de nuestro propio valor.
Los discípulos y las mujeres que seguían a Jesús estaban viviendo algo parecido. Fueron días de silencio profundo. El Maestro ya no hablaba, las promesas parecían haberse detenido y todo indicaba que la historia había terminado en una tumba.
Pero hay algo clave que necesitas entender: el silencio de Dios no significa que Él no está, significa que Él está obrando de una manera que todavía no puedes ver.
Mientras todo parecía quieto, Dios ya estaba preparando el mayor milagro de la historia.
Tal vez hoy estás viviendo tu propio "sábado". Un momento donde no entiendes lo que está pasando, donde sientes que no eres suficiente o que tus problemas son más grandes que tu fe. Pero que no veas movimiento no significa que Dios no esté actuando. Que no escuches su voz no significa que se haya ido.
El sábado nunca es el final de la historia.
Esta semana, en lugar de dejar de buscar a Dios porque no ves respuestas, decide hacer lo contrario: sigue orando, sigue confiando y sigue acercándote a Él, aunque no sientas nada.
Pregúntate: ¿puedo confiar en Dios incluso cuando no entiendo lo que está pasando?
Señor, a veces me cuesta entender lo que estás haciendo y me frustra no ver respuestas. Pero hoy elijo confiar en ti, aun en el silencio. Ayúdame a no rendirme, a seguir buscándote y a recordar que aunque no lo vea, tú sigues obrando en mi vida. Amén.
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